El arte
de mentir
Desde que escribí mi primer cuento me han preguntado si lo que
escribía era verdad. Aunque mis
respuestas satisfacen a veces a los curiosos, a mí me queda rondando, cada vez
que contesto a esa pregunta, no importa cuán sincero sea, la incómoda sensación
de haber dicho algo que nunca da en el centro del blanco.Si las novelas son
ciertas o falsas importa a cierta gente tanto como que sean buenas o malas, y
muchos lectores, consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo de
lo primero. Los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se
publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el
argumento de que esos libros disparatados y absurdos -es decir, mentirosos-
podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios. Por esta
razón, los hispanoamericanos sólo leyeron ficciones de contrabando durante
trescientos años, y la primera novela que, con tal nombre, se publicó en
América española apareció sólo después de la independencia (en México, en
1816). Al prohibir no unas obras determinadas, sino un género literario en
abstracto, el Santo Oficio estableció algo que a sus ojos era una ley sin
excepciones: que las novelas siempre mienten, que todas ellas ofrecen una
visión falaz de la vida. Hace años escribí un trabajo ridiculizando a esos
fanáticos arbitrarios, capaces de una generalización semejante. Ahora pienso
que los inquisidores españoles fueron los primeros en entender -antes que los
críticos y que los propios novelistas- la naturaleza de la ficción y sus
propensiones sediciosas.
En efecto, las novelas mienten -no pueden hacer otra cosa-, pero ésa es
sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa
verdad, que sólo puede expresarse disimulada y encubierta, disfrazada de lo que
no es. Dicho así, esto tiene el aire de un galimatías. Pero, en realidad, se
trata de algo muy sencillo. Los hombres no están contentos con su suerte, y
casi todos -ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros- quisieran
una vida distinta de la que llevan. Para aplicar -tramposamente- ese apetito
nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos
tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela
hay una inconformidad y un deseo.
¿Significa esto que novela es sinónimo de irrealidad? ¿Que los
introspectivos bucaneros de Conrad, los morosos aristócratas proustianos, los
anónimos hombrecillos castigados por la adversidad de Kafka y los eruditos
metafísicos de los cuentos de Borges nos exaltan o nos conmueven porque no
tienen nada que ver con nosotros, porque nos es imposible identificar sus
experiencias con las nuestras? Nada de eso. Conviene pisar con cuidado, pues
este camino -el de la verdad y la mentira en el mundo de la ficción- está
sembrado de trampas y los invitadores oasis suelen ser espejismos.
Para transformar la vida
¿Qué quiere decir que una novela siempre miente? No lo que creyeron
los oficiales y cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado, donde -en
apariencia, al menos- sucede mi primera novela, La ciudad y los perros, que quemaron el libro acusándolo de
calumnioso a la institución. Ni lo que pensó mi primera mujer al leer otra de
mis novelas, La tía Julia y el
escribidor, y que, sintiéndose incorrectamente retratada en ella, ha
publicado luego un libro que pretende restaurar la verdad alterada por la
ficción. Desde luego que en ambas historias hay más invenciones,
tergiversaciones y exageraciones que recuerdos y que, al escribirlas, nunca
pretendí ser anecdóticamente fiel a unos hechos y personas anteriores y ajenos
a la novela. En ambos casos, como en todo lo que he escrito, partí de algunas
experiencias aún vivas en mi memoria y estimulantes para mi imaginación, y
fantaseé algo que refleja de manera muy infiel esos materiales de trabajo. No
se escriben novelas para contar la vida, sino para transformarla, añadiéndole
algo. En, las novelitas del francés Restif de La Bretonne, la realidad no puede
ser más fotográfica, ellas son un catálogo de las costumbres del siglo XVIII
francés. En estos cuadros costumbristas tan laboriosos, en los que todo semeja
la vida real, hay sin embargo algo diferente, mínimo y revolucionario. Que en
ese mundo los hombres no se enamoran de las damas por la pureza de sus
facciones, la galanura de su cuerpo, sus prendas espirituales, etcétera, sino, exclusivamente, por la belleza de sus
pies (se ha llamado, por eso, bretonismo al fetichismo del botín). De una
manera menos cruda y explícita, y también menos consciente, todas las novelas
rehacen la realidad -embelleciéndola o empeorándola- como lo hizo, con
deliciosa ingenuidad, el profuso Restif. En esos sutiles o groseros agregados a
la vida -en los que el novelista materializa sus obsesiones- reside la
originalidad de una ficción. Ella es más profunda cuanto más ampliamente
exprese una necesidad general y cuantos más sean, a lo largo del espacio y del
tiempo, los lectores que identifiquen, en esos contrabandos filtrados a la
vida, los oscuros demonios que los desasosiegan. ¿Hubiera podido yo, en
aquellas novelas, intentar una escrupulosa exactitud con los recuerdos?
Ciertamente. Pero, aun si hubiera conseguido esa proeza aburrida de sólo narrar
hechos ciertos y describir personajes cuyas biografías se ajustaban como un
guante a las de sus modelos, mis novelas no hubieran sido por eso menos
mentirosas o más verdaderas de lo que son.
La escritura y el tiempo
Porque no es la anécdota lo que en esencia decide la verdad o la
mentira de una ficción. Sino que ella no sea vivida, sino escrita; que esté
hecha de palabras y no de experiencias vivas. Al traducirse en palabras, los
hechos sufren una modificación profunda. El hecho real -la sangrienta batalla
en la que tomé parte, el perfil gótico de la muchacha que amé- es uno, en tanto
que los signos que pueden describirlo son innumerables. Al elegir unos y
descartar otros, el novelista privilegia una y asesina otras mil posibilidades
o versiones de aquello que describe: esto, entonces, muda de naturaleza, lo que
describe se convierte en lo descrito. Me refiero sólo al caso del
escritor realista, aquella secta, escuela o tradición a la que pertenezco cuyas
novelas relatan sucesos que los lectores pueden reconocer como posibles a
través de su propia experiencia de la realidad. Parecería, en efecto, que para
el novelista de estirpe fantástica, que describe mundos irreconocibles y
notoriamente inexistentes, no se plantea siquiera el cotejo entre la realidad y
la ficción. En realidad, sí se plantea, pero de otra manera. La irrealidad de la literatura fantástica
se vuelve, para el lector, símbolo o alegoría, es decir, representación de
realidades, de experiencias que sí puede identificar como posibles en la vida.
Lo importante es esto: no es el carácter realista
o fantástico de una anécdota lo que traza la línea fronteriza entre verdad
y mentira en la ficción.
A esta primera modificación -la que imprimen las palabras a los hechos-
se entrevera una segunda, no -menos radical: la del tiempo. La vida real fluye
y no se detiene, es inconmensurable, un caos en el que cada historia se mezcla
con todas las historias y, por lo mismo, no empieza ni termina jamás. La vida
de la ficción es un simulacro en el que aquel vertiginoso desorden se torna
orden: organización, causa y efecto, fin y principio. La soberanía de una
novela no está dada sólo por el lenguaje en que está escrita. También, por su
sistema temporal, la manera como discurre en ella la existencia: cuándo se
detiene y cuándo se acelera y cuál es la perspectiva cronológica del narrador
para describir ese tiempo narrado. Si entre las palabras y los hechos hay una
distancia, entre el tiempo real y el de una ficción hay siempre un abismo. El
tiempo novelesco es un artificio fabricado para conseguir ciertos efectos
psicológicos. En él el pasado puede ser anterior al presente -el efecto precede
a la causa-, como en ese re lato de Alejo Carpentier, Viaje a la semilla, que comienza con la muerte de un hombre anciano
y continúa hasta su gestación, en el claustro materno; o ser sólo pasado remoto
que nunca llega a disolverse en el pasado próximo desde el que narra el
narrador, como en la mayoría de las novelas clásicas; o ser eterno presente,
sin pasado ni futuro, como en las ficciones de Samuel Beekett; o un laberinto
en que pasado, presente y futuro coexisten, anulándose, como en The sound and the fury, de Faulkner.
Decir la verdad
Las novelas tienen principio y fin y, aun en las más informes y
espasmódicas, la vida adopta un sentido que podemos percibir porque ellas nos
ofrecen una perspectiva que la vida verdadera, en la que estamos inmersos, no
nos da jamás. Ese orden es invención, un añadido del novelista, ese simulador
que aparenta recrear la vida cuando en verdad la rectifica. A veces sutil, a
veces brutalmente, la ficción traiciona la vida, encapsulándola en una trama de
palabras que la reducen de escala y la ponen al alcance del lector. Éste puede,
así, juzgarla, entenderla y, sobre todo, vivirla con una impunidad que la vida
verdadera no le consiente.
¿Qué diferencia hay entonces entre una ficción y un reportaje
periodístico o un libro de historia? ¿No están compuestos ellos de palabras?
¿No encarcelan acaso en el tiempo artificial del relato ese torrente sin
riberas, el tiempo real? Se trata de sistemas opuestos de aproximación a lo
real: en tanto que la novela se rebela y transgrede la vida, aquellos géneros
no pueden dejar de ser sus esclavos. La noción de verdad o mentira funciona de
manera distinta en ambos casos. Para el periodismo o la historia depende del
cotejo entre lo escrito y la realidad que lo inspira: a más cercanía, más
verdad, y, a más distancia, más mentira. Decir que la Historia de la revolución francesa, de Michelet, o la Historia de la conquista del Perú, de
Prescott, son novelescas es vejarlas,
insinuar que carecen de seriedad. Documentar los errores históricos de La guerra y la paz sobre las guerras
napoleónicas sería una pérdida de tiempo: la verdad de la novela no depende de
eso. ¿De qué, entonces? De su ,propia capacidad de persuasión, de la fuerza
comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia. Toda buena novela
dice la, verdad y toda mala novela miente. Porque decir la verdad para una novela significa hacer vivir al lector una
ilusión, y mentir, ser incapaz de
lograr esa superchería. La novela es, pues, un género amoral, o, más bien, de
una ética sui géneris, para la cual verdad o mentira son conceptos exclusivamente
estéticos. Arte enajenante es de constitución
antibrechtiana: si no hay "ilusión, no hay novela".
De lo que llevo dicho parecería desprenderse que la ficción es una
fabulación gratuita, una prestidigitación sin trascendencia. Todo lo contrario:
por delirante que sea, hunde sus raíces en la experiencia humana, de la que se
nutre y a la que alimenta. Un tema recurrente en la historia de la ficción es
el riesgo que entraña tomar lo que dicen las novelas al pie de la letra, creer
que la vida es como la describen. Los libros de caballería queman el seso a Don
Quijote y lo lanzan a los caminos a alancear molinos de viento, y la tragedia
de Emma Bovary no hubiera ocurrido si el personaje de Flaubert no intentara
parecerse a las heroínas de las novelitas románticas que lee. Por creer que la
realidad es como las ficciones, Alonso Quijano y
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Emma sufren terribles quebrantos. ¿Los condenamos por ello? No, sus
historias nos conmueven y nos admiran: su empeño imposible de vivir la ficción nos parece personificar
una actitud idealista que honra a la especie. Porque querer ser distinto de lo
que se es la aspiración humana por excelencia. De ella ha nacido lo mejor y lo
peor que registra la historia. De ella han nacido también las ficciones.
Las mentiras que somos
Cuando leemos novelas no somos el que somos, sino también los seres
hechizados entre los cuales el novelista nos traslada. El traslado es una
metamorfosis: el reducto asfixiante que es nuestra vida real se abre y sialimos
a ser otros, a vivir vicariamente experiencias que la ficción vuelve nuestras.
Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres
mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida
y la facultad de desear mil. Ese espacio entre la vida real y los deseos y
fantasías que le exigen ser más rica y diversa es el que ocupan las ficciones.
En el corazón de todas ellas llamea una protesta. Quien las fabuló lo
hizo porque no pudo vivirlas, y quien las lee (y las cree) encuentra en sus
fantasmas las caras y aventuras que necesitaba para aumentar su vida. Esa es la
verdad que expresan las mentiras de las ficciones: las mentiras ,que somos, las
que nos consuelan y desagravian de nuestras nostalgias y frustraciones. ¿Qué
confianza podemos prestar, pues, al testimonio de las novelas sobre la sociedad
que las produjo? ¿Eran esos hombres así? Lo eran, en el sentido de que así
querían ser, de que así se veían amar, sufrir y gozar. Esas mentiras no
documentan sus vidas, sino los demonios que las soliviantaron, los sueños en
que se embriagaron para que la vida que vivían fuera más llevadera. Una época
no está poblada sólo de seres de carne y hueso; también de los fantasmas en que
éstos se mudan para romper las barreras que los limitan.
Las mentiras de las novelas no son gratuitas: llenan las
insuficiencias de la vida. Por eso, cuando la vida parece plena y absoluta y,
gracias a una fe que todo lo justifica y absorbe, los hombres se conforman con
su destino, las novelas no cumplen servicio alguno. Las culturas religiosas
producen poesía, teatro, no novelas. La ficción es un arte de sociedades donde
la fe experimenta alguna crisis, donde
hace falta creer en algo, donde la visión unitaria, confiada y absoluta ha
sido sustituida por una visión resquebrajada y una incertidumbre sobre el mundo
en que se vive y el trasmundo. Además de amoralidad, en las entrañas de las
novelas anida cierto escepticismo. Cuando la cultura religiosa entra en crisis,
la vida parece escurrirse de los esquemas, dogmas, preceptos que la sujetaban y
se vuelve caos: ése es el momento privilegiado para la ficción. Sus órdenes
artificiales proporcionan refugio, seguridad, y en ellos se despliegan
libremente aquellos apetitos y temores que la vida real incita y no alcanza a
saciar o conjurar. La ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. El
regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de
que somos menos de lo que soñamos. Lo que quiere decir que, a la vez que
aplacan transitoriamente la insatisfacción humana, las ficciones también la
azuzan, espoleando la imaginación.
Los inquisidores españoles entendieron el peligro. Vivir las vidas que
uno no vive es fuente de ansiedad, un desajuste con la existencia que puede
tornarse rebeldía, actitud indócil frente a lo establecido. Es comprensible que
los regímenes que aspiran a controlar totalmente la vida desconfíen de las
ficciones y las sometan a censuras. Salir de sí mismo, ser otro, aunque sea
ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos
de la libertad.
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